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 El torneoo

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MensajeTema: El torneoo   Lun Dic 27 2010, 22:11

Capítulo 1: El inicio


Las damas arrojaban pétalos de rosas y blancos pañuelos desde los balcones de las torres. Las trompetas ofrecían una cálida melodía para nuestros oídos. Y nuestro rey felicitaba con su propia persona a cada uno de nosotros.
Cabalgamos por el reino hacia Artmund, hogar del glorioso torneo de los 5 reinos. Este torneo es organizado desde tiempos inmemorables, nadie recuerda ya como se le dio origen. En él se reclutan 20 hombres de los 5 reinos de mayor extensión y poder, ya sea por su poder económico, militar o político. Este año mi reino, Forsick, fue elegido para ser participe pues nuestro poder militar se incrementó considerablemente estas últimas décadas. Competiríamos contra el reino del sur de Oligur, contra el dueño de los mares, Mustalf, el reino de los magos conocido como Hendir y claro está el reino de Artmund, el reino más poderoso que existe desde los inicios de la humanidad. Cada uno de estos reinos se especializa en un tipo de combate. Artmund utiliza los asesinos, los cuales son sigilosos y sombríos. No poseen temor y la muerte les es indiferente. Pocas veces se los ha visto pero sus historias pueden hacer temblar al más valiente. Se consideran extintos pero nosotros sabemos que no es una realidad ya que se encuentran ocultos en su guarida.
Nuestro reino Forsick, se especializa en el uso de la espada, el escudo y la flecha. Usamos el metal como elemento distintivo y en el combate sin armas somos muy buenos.
El reino de Oligur se distingue por su doma de criaturas peligrosas, son dueñas de dragones y poderosas serpientes. Son quienes dieron origen al Basilisco, una temible criatura mitad dragón mitad gallo que posee la mirada de medusa, pues puede convertirte en piedra al verlo directamente a los ojos. También tiene el canto hipnotizador de las sirenas lo cual le sirve para atraer a sus víctimas y claro está, tiene las cualidades mágicas de todo dragón.
El reino de Mustalf el cual es como dije el rey de los mares. Sus galeones son tan poderosos y destructivos que hacen parecer insignificantes a las más grandes catapultas. En su mayoría son vikingos que emigraron de su reino por ser perseguidos. Aparte, son quienes controlan al Kraken. Una serpiente marina de gigantesca longitud que se cree, fue creada por el mismo Hades para aplacar a los humanos en sus intentos de rebelión hacia los dioses.
Y finalmente, el reino de la magia y la hechicería, el mágico reino de Hendir. Su control y dominio sobre las artes mágicas es increíble. Su capacidad de destrucción con el uso del fuego es sorprendente. He visto como un solo mago logró crear un dragón de vivo y rojizo fuego que destruyo un pueblo entero.
Nosotros, los 20 caballeros de Forsick, sabemos que este torneo implica la muerte y la masacre. Nuestros adversarios poseen un poder inigualable, pero aun así partimos hacia Artmund para demostrar nuestro valor. Es una misión suicida a la que nos prestamos, pero si logramos vencer, la gloria eterna nos espera.
El camino sin duda es un largo trayecto, pero nuestros corceles son rápidos y ágiles. No tardaremos más de 6 o 7 días en llegar.

Capítulo 2: El dragón de Silfurd


Ya estando a mitad de camino, los caballos lucían cansados y sedientos por lo que decidimos detenernos y acampar. La noche no tardó en hacer acto de presencia y el bosque a nuestro alrededor se tornó sombrío y tenebroso. Las horas pasaron y los relatos contados por caballeros aparecieron pronto. Contábamos historias y anécdotas de cada uno de nosotros al calor de una resplandeciente fogata. Todo estaba tranquilo, los caballos descansaban en paz y nosotros bebíamos vino de un oscuro color violeta y reíamos. Pero todo acabó repentinamente, cuando uno de los corceles comenzó a relinchar alborotado. Intentamos tranquilizarlo sin saber que sucedía pero pronto se le unieron los demás. Hasta que lo notamos, un enorme dragón de plateadas escamas y largos y afilados colmillos nos sobrevolaba. Parecía estar examinándonos. Buscando un punto débil seguramente, pues los dragones son muy listos. Y de repente, una enorme llamarada de fuego rojo-amarillento cayó sobre nosotros. Nuestros escudos de aluminio de las minas de Morcar nos defendieron del ataque. El dragón bajó al suelo y se posó delante de mí. Sus ojos se clavaron fijamente en los míos y rugió. Su rugido hizo estremecer al bosque entero, incluso a las montañas. Pero yo permanecí inmóvil. Uno de mis soldados se abalanzó sobre la criatura y pude ver cómo era expulsado por la enorme cola del lagarto. Aún me miraba desafiante, como si quisiera expresarme algo en particular.
¡Alto! Grité inflando mi pecho con aire. Todos se detuvieron a mi orden.
Me acerqué al animal y clave mi espada en la chamuscada tierra. Tiré mi escudo y caminé acercándome aún más hacia el magnífico dragón. La criatura no parecía hostil, es más, parecía agradarle mi acción. Posé mi mano en su pata derecha y no fui atacado. El animal no tenía intención de atacarnos pero al ver nuestra agitación creyó que pensábamos agredirlo. Los dragones son muy desconfiados pues son perseguidos y asesinados por el valor de sus escamas, saliva y más que nada, corazón. Finalmente, la criatura, bondadosa y agradable pasó la noche con nosotros pacíficamente.
A la mañana siguiente el dragón había desaparecido sin haber dejar rastro, y sin preocupación y tomándonos a gracia lo sucedido continuamos con el viaje.
De a momentos lográbamos oír el rugido del dragón, nuestro dragón plateado. Nos sentíamos protegidos por él. Caminaba y recordaba su mirada, desafiante, pero me invitaba a tocarlo como gesto de cariño. Sus ojos marrones mostraban un calor interior que pocas veces eh visto en animales, me mostraba que poseía actitud. Algo no muy convencional en un dragón. Sus brillantes escamas plateadas me hacían recordar a mi armadura y su llamarada me hacía sentir su fuerza, su vigor, su orgullo.
Volvimos a acampar pasados dos días de nuestro encuentro con el dragón plata. Sólo que está vez, estábamos en una zona conocida como la zona de la muerte.

Capítulo 3: El castigo de los condenados


Todos estábamos temerosos, pues es sabido que la zona de la muerte es extremadamente peligrosa para los viajeros pues almas condenadas habitan aquí. Los soldados no hablaban y parecían expectantes, como si esperaran que algo sucediera. Yo por mi parte, la calma y la tranquilidad me inundaban el cuerpo. Por más que conocía las historias acerca del lugar donde nos encontrábamos, de alguna manera sabía que nadie saldría herido ante un ataque. El viento resoplaba fuertemente y hacía que las copas de los árboles se inclinaran. Las sombras parecían tener vida pues tomaban formas casi humanas y se agrandaban al acercarse a la llama de la fogata. Los escalofríos repentinos se producían seguido en cada uno de nosotros. Apagamos la fogata y un sonido muy leve recorrió la zona de acampe. Suitres… Logré oír como un susurro a mi lado. Tomé mi espada y giré rápidamente. Todos me miraron fijo, como si creyeran que alucinara. Y pregunté.
¿Alguien mencionó mi nombre? No tuve respuesta alguna.
Demonios, malditos fantasmas. Dije para mí.
La oscuridad era total y la visibilidad era casi nula. Una densa niebla cubría el suelo y mis pies. Tenía la espada en mano y el escudo cerca de mí como protección. El lugar no era seguro. El temor comenzaba a difundirse entre nosotros. Los caballeros mencionaban voces que los llamaban por su nombre y el coraje y la valentía se iban perdiendo. Volví a recostarme apoyado en un pequeño tronco pero sin dormirme. Debía mantenerme alerta. Sentí como algo helado rozaba mi cuello volví a pararme seguido de mis soldados.
¡Algo me habéis tocado! ¡A mí igual! ¡Este maldito lugar está embrujado, marchémonos de aquí!
Escuchaba mientras intentaba divisar algo entre las penumbras.
¡Calmaos todos! Exclamé intentando tranquilizarlos.
Nadie va a salir lastimado de este maldito lugar. ¿Estáis de acuerdo?
De pronto un frío casi sólido recorrió el cuerpo de todos al mismo tiempo. Como una brisa de un fuerte viento que provocaba un ligero escalofrío. La niebla comenzó a juntarse formando una figura que poseía mi tamaño. Se oían gritos y pudimos observar como una figura humana se contorneaba dentro de la espesa niebla amotinada. Tomé nuevamente mi espada y alcé mi escudo sobre mi hombro. La figura crecía y cada vez más se iba pareciendo a una persona, a un guerrero. Pero aún era solo una sombra, no tenía una forma completamente definida. Esta sombra, comenzó a caminar hacia mí. Alzando lo que parecía una espada rota y simplemente desapareció delante de mis ojos. La niebla se esfumó. Todo volvía a ser normal pero de pronto una flecha cayó alrededor del círculo formado por los diecinueve hombres y yo. Acto seguido uno de mis soldados fue arrastrado hacia la espesura de la oscuridad que nos rodeaba.
¡Tomad vuestras armas! ¡Preparaos para luchar!
Cinco o seis formas humanas se presentaron ante nosotros y con un sombrío grito de guerra nos atacaron. El primer fantasma intentó atacarme a mí y tras un corte en su cuello se desvaneció. El mismo apareció detrás de mí.
¡Señor, matarlos es imposible! Gritó uno de mis hombres.
Todo parecía perdido. Rebanaba su cuello docenas de veces pero volvían a reaparecer. El fin parecía inminente. Dos soldados más cayeron muertos al suelo.
¡Defendeos como podáis! ¡No atacad solo defendeos! Eran las únicas palabras que podía modular.
Sentí un golpe en la cabeza, caí y todo comenzó a nublarse. Empecé a perder la visión y sentía un pitido en los oídos. Veía como un maldito fantasma se posaba sobre mí, podía ver su despreciable sonrisa.
Todo acabo aquí. Me dije.
La visión se perdía pero todo se aclareció. Con mi poca audición logré oír un rugido. El dragón plateado nos había estado siguiendo, y ahora nos defendía. Lanzaba llamaradas que creaban luz y los fantasmas se alejaban de esta. Finalmente, caí en sueño profundo.
Al despertar, el dragón estaba a mi lado, los dieciséis soldados me miraban fijamente y mi cabeza ardía.
¿Dónde nos encontramos? Pregunté.
Estamos a 2 horas de Artmund. Me respondieron.
Todo habéis terminado ya señor. El dragón, os ha salvado.

Capítulo 4: Conociendo Artmund


Concluimos nuestro viaje y finalmente llegamos al reinado de Artmund. Nos recibieron con aplausos y festejos, como si fuéramos verdaderos héroes o nobles reyes. Nos ofrecieron bebida y alimentos, todo en un banquete digno de tan valientes caballeros. Nos hospedamos en una gran y lujosa casa construida especialmente para los participantes del torneo. Era una bellísima ciudad, pequeñas casas de madera reflejaban la plebe, caminos y calles de piedra y cal iluminadas con altas farolas mostraban la hermosura del reino al anochecer. Y un gigantesco castillo que albergaba al rey y sus soldados se situaba en el centro de Artmund.
Todo era tan hermoso, pero aun así, por más que recibiéramos los aplausos que recibiéramos, habíamos perdido a tres grandes hombres. Lo que también implicaba menos poder durante el torneo. Los otros reinados a excepción del reino de Hendir tuvieron el viaje muy cómodo, sin dificultades. Pero viendo el lado positivo, logramos la amistad con un poderoso dragón que nos protege.
Al día y medio de habernos instalado en Artmund, el rey nos invitó a un banquete en el castillo junto con los guerreros de los otros reinados para discutir la modalidad del torneo.
Cenamos sabrosas y exóticas comidas, y al finalizar, el rey se puso en pie alzó la copa e invitó a un amistoso brindis.
¡Salud! Dijimos los presentes a la par.
Alzamos las copas y bebimos ese delicioso vino. Ya pasada medianoche el rey nos invitó a escuchar la plática de cómo se desarrollaría el torneo de los cinco reinos.
Serán 4 pruebas las que debéis superar ¿Queréis ganar? ¡Pues demostréis toda vuestra valentía en batalla! Dijo el anciano rey.
Con mis compañeros cruzamos miradas y continuamos escuchando.
Os presento vuestra primera prueba.
El viejo nos dio un papiro color rojo a cada uno de los líderes de cada reinado. Al abrirlo, pudimos leer en una letra negra y opaca Cueva Stuf. La cueva Stuf es un lugar donde habitan goblins, trols y es la guarida de una hidra de ocho cabezas.

Capítulo 5: La cueva Stuf


Afortunadamente, la cueva Stuf queda muy próxima a Artmund, por lo que nos ahorramos tiempo. Claramente, fuimos el primer reino en llegar pues somos poseedores de los corceles más rápidos como eh dicho. Los demás se retrasaron bastante.
Apenas entramos en la cueva las flores, los ríos celestes y el claro cielo desaparecieron para deformarse abruptamente. El Verde pastizal que pisábamos se tornó una tierra húmeda sin vida, color grisáceo. Todo el follaje por completo desapareció para darle lugar a piedras enormes. El ambiente pasó de un clima cálido a un frío polar que entumecía mis dedos. La flora se extinguió completamente y la fauna pasó de conejos a espeluznantes criaturas deformadas. Los goblins intentaban atacarnos pero bastaba con una simple estocada para deshacerse de esos insignificantes estorbos. En cambio los trols representaban un mayor esfuerzo pero aun así no proporcionaban muchos problemas. Hasta que llegamos a la hidra. El gigantesco animal dormía plácidamente y de bajo de esta, lo que buscábamos, un papiro azul. Y al lado del monstruo caminando sigilosamente, se acercaba uno de los asesinos de Artmund que apresuradamente tomó una decisión errónea. Por más silencioso que fuese, la hidra pudo oler su aroma y despertó. Lanzando tarascones hacia el asesino que corría para huir de su depredador, la hidra se posó delante de nosotros. Permanecimos inmóviles pues son cortas de vista pero el idiota del asesino continúo corriendo. Y en ese entonces fue cuando tuvimos que pelear. Corté una, dos, tres cabezas del animal pero había olvidado que por cada cabeza cortada crecen dos más. Catorce cabezas, y miles de afilados dientes buscando asesinarnos eran ahora.
¡Conseguid una antorcha! Grité a mis colegas.
Rápidamente, un soldado se me acercó con una antorcha flameando en su mano.
¿Qué va a hacer señor? Me preguntó.
Ya verás.
Corrí entre las cabezas del animal y con toda mi agilidad trepé por su tronco. Llegué hacia la raíz de las catorce cabezas y corté absolutamente todas de un tajo. Entonces mientras las cabezas no se regeneraban aun, cerré la cicatriz con el fuego de la antorcha. Por lo que la herida permaneció cerrada. Así luego de una larga batalla contra la bestia, que resultó sin ningún herido, conseguimos el papiro.
Lo abrimos. Decía Bosques Sid.

Capítulo 6: El pueblo de Tuckson y el enano Balrad


Los bosques Sid son unos bosques frondosos en los cuales hay inmensos pantanos. Estos se encuentran muy al norte, pasando el rio Zurstick. Un largo viaje teníamos que emprender. Claro está vez a caballo sería una tarea difícil, pues debemos cruzar el profundo río. Por lo que decidimos detenernos en la primer aldea que encontráramos que se encuentre próxima a este para alquilar una barca. Revisamos los mapas y la aldea más cercana al río era el pueblo de Tuckson, hogar de enanos. Gruñones y poco inteligentes, pero aun así nos ayudarían. Además son muy buenos forjadores de armas y podríamos comprar algunas armaduras ¡Nada más fuerte que el escudo de un enano!
Cabalgamos unos tres días y arribamos al pequeño pueblo. Todo se veía muy tranquilo y se podía escuchar como un martillo golpeaba contra un yunque.
Estamos en Tuckson. Dije a mis dieciséis compañeros.
Nos adentramos un poco en el interior de la aldea buscando quien pudiese ayudarnos, y fuimos recibidos por un enano de una larga y frondosa barba, rechoncho y risueño que nos guío hasta la herrería. Su nombre era Balrad, y era un guerrero de respetado nombre. Su cicatriz en el rostro demostraba las mil batallas que había luchado, su casco mostraba su eficaz resistencia, su espada su infalible ataque y su escudo su grandiosa defensa. Los enanos poseen una fuerza física grandiosa, su combate con espadas y de su preferencia, hachas, es una leyenda que los enorgullece y hace que aumenten su ego. En fin, compramos preciosas y afiladas espadas y los más escudos más resistentes que eh visto. Amigos de Balrad, se ofrecieron a darnos una mano prestándonos la barca que necesitábamos. El enano nos invitó a pasar la noche en una de sus cabañas y aceptamos la generosa oferta. Comimos carne de jabalí a montones pues estábamos muy hambrientos por el viaje y bebimos hasta caer borrachos al suelo.
Despertamos acostados en camas individuales, rodeados de una rústica casa de madera. No muy decorada pues no es la especialidad de los enanos ser pulcros y detallistas. Balrad estaba durmiendo sentado sobre una silla de mármol que tenía inscripto “Mil batallas eh luchado y de todas ellas eh disfrutado”. Una frase la cual demostraba su pasión por blandir la espada en combate.
Desperté a mis compañeros para así proseguir con el viaje pero sin antes despedirnos de los enanos que habían mostrado tanta gentileza y hospitalidad.
Habremos tardado dos horas en prepararnos y una más para despedirnos de la comunidad de Tuckson hasta que decidimos marchar sin mirar atrás pues largo era el camino que aun debíamos recorrer. Cuando estábamos por zarpar, Balrad subió a nuestro barco.
¿Qué estáis haciendo? Le pregunte al enano invasivo.
¡Señor Suitres! Yo y mi noble y vieja espada viajaremos con usted y sus compañeros de combate. Hace largo tiempo que no tengo una buena aventura y no desaprovechare esta oportunidad.
Siendo así sus palabras, con ánimo jornalero y una mirada con convicción izamos velas y zarpamos hacia los bosques Sid.

Capítulo 7: A bordo del Esperantum


Nuestro barco fue llamado Esperantum, pues representaba la esperanza de sobrevivir y obtener la victoria. Algo que hasta ahora se tornaba una misión dificultosa.
El mar, tan claro, dejaba ver los arrecifes de coral por los que flotábamos y el cielo, nos permitía ver un buen viaje pues ni una nube hacía acto de presencia. Era un viaje tranquilo, sin muchas dificultades. A excepción de algunos momentos que tuvimos que rescatar algunos soldados que caían al agua debido a que eran atraídos por el canto de las sirenas. Se nos había informado que Mustalf iba delante nuestro, claro, el rey de los mares no perdería tiempo en atravesar un río. También nos enteramos que las confrontaciones entre los reinos de Hendir y Oligur estaban provocando estragos. Magia contra criaturas domadas, un espectáculo muy particular creo yo. A fin de cuentas esto es una guerra entre cinco reinos.
A mitad del viaje, llegamos a la parte más peligrosa del rio Zurstick. Es un tramo de veinte mil leguas donde toda la visibilidad se pierde, el agua se torna repugnante adquiriendo un color gris-verdoso. Se sabe que este lugar es hogar de muchos naufragios, pues los viajeros poco experimentados que circulan por esta zona, sin los conocimientos suficientes de geografía y navegación suelen perderse dentro de la espesura de la niebla que se presenta.
¡Arribad velas! ¡Disminuyan la velocidad! Se escuchó a Balrad.
¿Por qué frenamos? Preguntó uno de mis soldados.
Este lugar es traicionero. Si no se navega con cuidado perderse sería sencillo.
Por más que bajáramos la velocidad, el Esperantum no se detenía y la niebla se hacía más espesa a medida que nos adentrábamos en ella. Me tomé un descanso y marché hacia el interior del barco pues Balrad es muy buen marino.
Comencé a observar las habitaciones de la embarcación. Decoradas en todos los aspectos. La madera de roble era tallada de una manera muy peculiar la cual hacía parecer más hermoso al barco. Me pareció extraño, pues los enanos no son para nada detallistas. Pero era un hermoso detalle de su parte. Los candelabros iluminaban mi habitación, no era muy lujosa ni muy grande, pero era cómoda. En sí, el barco era pequeño pues queríamos que fuera más veloz que resistente. Por esto todas las habitaciones eran pequeñas y se dormía de a tres en cada una de ellas. Yo compartía mi cuarto con Balrad y mi capataz, Damalon. Me recosté sobre mi cama, y tomé una siesta.
A la hora se escucharon festejos de alegría.
¡Tierra a la vista! Gritaba el enano.
Salí a proa y efectivamente, podía distinguir el contorno de los árboles característicos del bosque Sid.
¡Finalmente superaremos la segunda prueba!
Pasados los quince minutos, arribamos y desembarcamos nuestras armas y armaduras para marchar hacia nuestro destino en el interior del bosque.

Capítulo 8: Bosques Sid


Nos adentramos en la espesura del follaje de los bosques y ogros nos atacaron apresuradamente. Nos llevó un tiempo acabar con ellos pero no representó un esfuerzo inmenso. Tan solo un par de tajos de nuestras espadas forjadas por enanos y listo.
Balrad, estaba feliz de poder luchar de nuevo. Aunque en sus ojos se notaba un vago orgullo insaciable que pedía por guerreros o criaturas más fuertes.
Continuamos el recorrido hacia nuestro destino el cual era el centro del lugar. Caminamos y caminamos pero el sitio parecía no tener fin.
¡Avanzad, avanzad! ¡Apuraos que quiero una batalla decente! Gritaba el enano con aire de grandeza.
Puede ser pequeño, pero su habilidad era sorprendente. Su espada, a pesar de su peso, en sus manos parecía el más ligero látigo. El escudo se movía como jabalí en ataque. Defendía sin poder ser penetrado pero atacaba con sutileza la nariz quebrada del ogro.
¿Quién diría como algo tan chiquito podría guardar tanto poder?
Lo observaba con serenidad y calma. Mientras el luchaba medía sus movimientos y aprendía de estos. Así es como me había tornado diestro en el combate con la espada. Aprendiendo de otros buenos guerreros.
De pronto, lo vi correr y desaparecer en la densidad de las plantas.
¡Seguidlo! Grité.
El enano brabucón había ido a buscar batalla con un cíclope, y este claro que se la estaba dando.
La pesada espada de Balrad se movía como un rayo y cortaba trozos de carne de los pies de la criatura que sollozaba de dolor pero continuaba luchando. Finalmente, la bestia se desplomó muerta sobre la tierra. Y el enano con su vehemencia lanzó un grito de victoria. Tuve que contenerlo e intentar sosegarlo pues estaba muy agitado. No por cansancio o por temor. Sino porque se notaba que quería continuar.
-Observad el ojo.- Dijo uno de mis soldados.
El ojo del cíclope poseía una retina violeta. Algo que jamás había visto en mi vida. Balrad se acercó, y le sacó el ojo al animal.
¡Es un papiro! Anunció agitando un trozo de papel húmedo de color violeta semi-transparente.
¡La indicación para la última prueba! Aclamé.
Así es, en ella dice.
“Si vuestra última prueba deseáis completar, vuestra valentía debéis demostrar.
El último papiro yace donde el sol no toca la tierra pero aun así el calor se mantiene a enormes cantidades. Por supuesto os hablo de…”
Una sombra se abalanzó veloz sobre el enano y robó el papel de su mano. Corrió hacia el interior del bosque y nosotros quedamos atónitos ante esto, a excepción de Balrad claro, que cuando volví en mí pude ver como se alejaba corriendo detrás de lo que quiera que haya sido eso.

Capítulo 9: El centauro errante


¡Reaccionad! ¡Corred detrás del enano buscapleitos! Grité con exaltación.
Cuan la orden fuera efectiva, 16 soldados marcharon tras el guerrero de baja estatura.
Cuando logramos alcanzarlo se encontraba alzando su espada amenazando a una criatura mitad hombre mitad caballo. Un centauro. Estás criaturas son increíblemente inteligentes y fuertes. Se sabe de muchos centauros que han ayudado a reinados a forjarse pues estos son muy civilizados. O casi todos.
Este centauro se posaba desafiante frente a Balrad, no despegaba su mirada de la espada del enano que apuntaba a su pecho. Resoplaba de la agitación de la persecución pues corrimos un par de kilómetros hasta que quedó encerrado contra una pared de arbustos de medianamente altos que imposibilitaban el paso.
¡Identificaos! Le dije al centauro.
Mi nombre, es Cirión. Y les advierto que no les gustará enfrentarse a mí en combate. Las consecuencias pueden ser graves.
Si, para ti bastardo. Alzó la voz Balrad.
¿Estás seguro enano? Le contesto el caballo humano.
Completamente.
Pues averigüémoslo.
Balrad se abalanzó sobre el centauro y lo golpeó con el mango de su espada. Una gota de sangre cayó de la cabellera de Cirión.
Insulso, infeliz. Murmuró Cirión tocándose la cabeza. ¿Cómo osas tocarme con ese juguete al que llamas espada?
¿Juguete? ¿Llamaste juguete a mi espada? En ese momento, los ojos de Balrad se tornaron rojizos. El nivel de cólera que recorría el cuerpo del enano era indescriptible.
¡Verás lo que es un juguete idiota! Saltó al lado izquierdo de su oponente y se preparó como para darle una estocada mortífera, pero lo detuve.
Esperaos Balrad. Tal vez pueda ayudarnos. Dije.
¿Qué? ¿Acaso habéis enloquecido? De ninguna manera, voy a matar a ese patán. Gritaba Balrad alterado mientras daba espadazos al aire.
¡Con un demonio, enano tranquilizaos!
Cirión, entregaos el papiro y marchaos. Os concedo el pase para marcharos ahora mismo pero entregaos vuestro papiro.
Cirión, reflexionó y finalmente extendió su fornida mano y me entregó el papiro.
Muy bien, sois libre de iros.
Marcharé, pero antes os explicaré porque os robe vuestro papiro. Como sabrán, los centauros son una clase civilizada de criaturas que conviven en plena armonía con vosotros los humanos. Yo sin embargo, soy un centauro errante, pues mi educación no fue posible por el fallecimiento de mis padres. Por lo que fui sentenciado al exilio de mi comunidad. Puesto a que mi barbarie vence mi civilización, me eh acostumbrado a atacar viajeros solitarios. Y es por este motivo que os eh intentado saquear.
Pido disculpas por mi actitud. Pero es mi naturaleza. Espero sepan entender, no fue intencionalmente mi acción.
Os ruego, que me dejéis acompañaros en vuestra aventura. Quizás, aprenda a comportarme a estar entre gente que ha demostrado una caballerosidad que no lleva nombre. A excepción del enano claro.
¡Que así sea! ¡Cirión partirá con nosotros! Exclamé.
Balrad refunfuñaba entre dientes.
¿Algún problema?
El enano permaneció pensativo.
No Suitres, claro que no. Dijo finalmente.
Con nuestros problemas resueltos, proseguimos a terminar de leer el papiro.
Por supuesto os hablo del averno. El mismísimo inframundo.”

Capítulo 10: Última prueba: El averno


Luego de leer eso, un escalofrío me recorrió el espinazo.
¿El… el inframundo? Titubeo un soldado al intentar hablar.
Ese lugar es al último sitio que visitaría mientras yo esté vivo. Mencionó uno de los soldados de mayor edad.
El averno, representa la muerte misma. No querrán toparse con Hades, dios de este maldito lugar. Además cuna del Can cerbero. Un perro inmenso que posee tres cabezas y una ferocidad inimaginable.
¿Y qué estáis esperando? ¡Marchad, el torneo os espera! Se precipitó a proponer Balrad antes de que alguien más hable, y claro su propuesta, fue aceptada aunque no con mucho ímpetu.
Nuestra cuarta prueba sin duda era la más peligrosa. Ya la entrada al infierno representaba correr riegos que no habíamos corrido hasta ahora. Pero el torneo nos esperaba y no podíamos detenernos.
El viaje para encontrar la entrada a este lugar se encuentra pasando los desiertos de Meltraf. Un viaje largo sin duda.
Se dice que en estos desiertos vagan criaturas de la arena las cuales son controladas por el reino de Oligur. Y claro está que no nos dejarían la tarea sencilla. Pues no éramos los únicos que queríamos obtener el premio del torneo.
Cabalgábamos durante dos días y nos deteníamos a descansar, y luego continuábamos el viaje. Así los corceles no se agotaban con facilidad y nosotros podíamos estar sin cansancio alguno. Así llegaríamos más a prisa.
Pasados los dieciocho días, nos hallábamos en mitad del tórrido desierto el cual se tornaba increíblemente gélido por las noches.
Animalejos extraños nos atacaron a millares. Pero ninguno era como el escorpión gigante Farfir. Enviado por Oligur para liquidar a la competencia.
Dormíamos en la tranquilidad de la noche cuando la arena comenzó a emanciparse en línea recta hacía mí. Desperté oyendo sonidos sordos y repentinamente un gigantesco alacrán saltó sobre mí. Rodé por el piso esquivándolo.
¡Despertáis! Grité con desesperación.
El animal, inmenso, jugaba con su aguijón intentando asestarme un golpe para asesinarme envenenándome. Pero gracias a mi agilidad podía eludirlos. Un soldado intentó saltar sobre el insecto híper-desarrollado pero fue atrapado por las pinzas del escorpión y destrozado. Otro soldado fue penetrado por el aguijón y murió escupiendo veneno por su boca.
¡Balrad, cortadle el maldito aguijón mientras yo he de distraerlo!
Corrí frente al rostro del animal y le provoqué un tajo en uno de sus ojos. El animal, tuerto ahora, tiraba tenazazos al aire tratando darme alguno. Y en ese momento fue que el enano barbudo cortó la cola de Farfir. Cirión, en medio del sufrimiento del animal le cortó una tenaza y yo le di el golpe final ensartando mi espada en su vientre. Esta era su punto débil pues poseía una coraza increíblemente resistente, su piel. Hice un agujero y las vísceras del animal cayeron sobre mí provocándome náuseas. Un momento no muy agradable para mí. Pero por lo menos cayó y tras un gemido de dolor murió.
Al día siguiente nos despertamos temprano y continuamos cabalgando, esta vez sin descanso pues sabíamos que los demás reinos estaban detrás de nosotros. Cirión iba a la cabeza indicándonos el camino, yo lo seguía acompañado por Balrad quien se posicionaba a mi izquierda, y detrás de nosotros nos seguían los otros trece soldados.
Pasados tres días de cabalgata, Cirión se detuvo y se paró expectante frente a una roca de gran tamaño.
Hemos llegado. Dijo el centauro.
Bajamos de los corceles y nos paramos donde Cirión.
Una puerta de abrió ante nosotros y nos dejó ver unas escaleras de hueso que descendían. La entrada al averno.
Bajamos dejando los caballos en el desierto, escondidos de quienes quisieran dejarnos encerrados hay dentro.
Un olor a putrefacción se desprendía del suelo y las paredes, y a medida que más descendíamos más fuerte se hacía.
Finalizado el trayecto del descenso, nos encontramos en un sitio enorme. De las paredes se escurría sangre y calaveras crujían al ser pisadas por nuestras botas metálicas.
¿Quién anda ahí? Se escuchó decir a una voz ronca y tenebrosa.
Yo soy Suitres, comandante militar del reino de Forsick y estoy aquí debido a la última prueba del torneo de los cinco reinos.
Ohhh… si… El torneo. Pues bien, si quieren conseguir ese papiro naranja, tendréis que buscarlo en la cama de mi mascota.
¿Mascota? Preguntaron los soldados en coro.
Un rugido se estrepitó haciendo retumbar el lugar donde nos encontrábamos. Una puerta gigantesca se abrió delante de nuestros ojos y el Can cerbero Asomó la mitad de su cuerpo. Sus fauces hacían presión, sus fosas nasales se abrían y cerraban rápidamente, y su respiración agitada resonaba en todo el averno. No le gustaba nuestra presencia.
Quedaos quietos. Susurre.
No se oyó nada por un segundo, solo el gruñido casi imperceptible del animal, y su respiración. Pero solo fue un segundo. La bestia comenzó a correr hacia nosotros como si estuviese desesperada por alimentarse de nuestra carne, y a lo lejos el preciado papiro naranja.
¡Cirión, ve a por el papiro! ¡Soldados, atacad la criatura! Ordenes que salieron de mi boca.
Cirión corrió por entre medio de las patas del perro gigante y yo arrojé con toda mi fuerza una lanza al hocico de una de las cabezas. Sus ojos se clavaron en mí desde luego y me golpeó con su cola. Salí despedido hacia una pared en la cual golpee. El can se me acercaba, su boca escupía espuma blanca de su ira y sus ojos estaban rojos. El animal se dispuso a acabar con mi vida con las garras de su pata, pero un soldado clavó su hacha en una de las patas traseras del animal. Al instante pude ver cómo era devorado.
Me puse en pie y corrí al lado de Balrad. Un segundo soldado cayó de las fauces del can muerto. Balrad corrió para atacar el animal, yo le seguí. Comenzamos a crear tajos en las patas del animal sin piedad. Este comenzó a debilitarse pues le costaba mantenerse en pie ya. Las heridas eras tan profundas como dolorosas. El acero de enano, cortaba el hueso y provocaba una herida que difícilmente cerraría. Este lanzó un tarascón en el cual atrapó a un tercer soldado el cuál murió instantáneamente.
¡Cirión, el maldito papiro!
¡Lo tengo!
¡Pues entonces escapad! ¡Retirada! Anuncié desgastando mi voz al hacerlo.
Corrimos perseguidos por el maldito animal el cual terminó por devorar el cuarto soldado muerto en ese espantoso lugar, pero por lo menos, nueve soldados, Balrad, Cirión y yo logramos escapar con vida.
Salimos nuevamente al desierto y nos tiramos en la arena aliviados. Descansamos una hora y finalmente abrimos el papiro.
Este decía.
“Doy mis felicitaciones valientes guerreros, habéis superado con éxito las cuatro pruebas pero aún falta algo. Por favor vuelvan a Artmund para saber de qué trata.”




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KarCa
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MensajeTema: Re: El torneoo   Miér Dic 29 2010, 21:05

Es una excelente historia pibe!

De dodne sacas tanta imaginacion Razz


Saludos y que progreses mucho! Wink
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FralshK
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MensajeTema: Re: El torneoo   Jue Dic 30 2010, 11:01

Fa muy lindas historias las tuyas idem a KarCa
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Slimer
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MensajeTema: Re: El torneoo   Vie Dic 31 2010, 17:56

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MensajeTema: Re: El torneoo   Dom Ene 30 2011, 17:39

me caga de gusto que me movas mis historias **** ** *** ****


yo estoy al pedo todo el dia y me pongo a pensar y cada vez que se me ocurre algo lo escribo en un block de notas y despues cuando la termino modifico mayuscula puntos coma etc gracias!
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MensajeTema: Re: El torneoo   Hoy a las 01:12

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